
Existía en un principio el Caos. Este estado de cosas no permitía el desarrollo de la existencia y solo Dios podía navegar por esta masa caótica de confusión pura. La entidad que habitaba este espacio se llamaba Caos, quien se encargaba de mantener la cohesión entre las partículas caóticas del mencionado “lugar”. En una ocasión (o en ninguna ya que no existía el Tiempo) Dios se cansó de su antagonista y de su reino vesánico. Entonces una lucha se suscitó entre ambos, una lucha que se extendió hasta la eternidad y que sacudió los mismos fundamentos de la existencia. Pero al final, Caos perdió. Fue exiliado a una porción de realidad subalterna junto a su materia, confinado en un lugar pequeño y sucio, una celda vergonzosa, un reino desteñido. Dios se quedó con lo que restaba del espacio, que era infinito, y lo dividió en dos: en una parte creó el Protouniverso y en la otra el Empíreo, la morada de los ángeles. Pero Caos no se dejó vencer por su prisión. Él también dividió su lugar en dos: una parte siguió siendo como su reino y en la otra creó el Infierno, hogar de los demonios.
Así quedo conformado el Mundo del Amanecer, dividido en cuatro regiones: Caos, Infierno, Protouniverso y Empíreo. La primera de estas regiones era idéntica al primario estado de las cosas, es decir, un mundo sin reglas, gobernado por la azarosa conciencia de su amo, donde todo era y a la vez no era. El Infierno, en cambio, era un espacio de dolor y de miseria. Muchos dicen que era la materialización del odio de Caos hacia Dios. Un lugar oscuro, tétrico, estéril, poblado de ríos de fuego y de lágrimas (Estigia se llamaba el principal), con un cielo de brea y desiertos que en el futuro albergarían las huestes del pecado. El Protouniverso, por su parte, era un mundo donde todo esperaba, un gran preludio, el amanecer perpetuo. Allí las partículas básicas de la existencia, las células de Dios, aguardaban el día en que el soplo divino las hiciera agitarse, las hiciera vivir, desencadenando un universo acabado, el nuestro. Por último, estaba el Empíreo, un espacio de luz pura, de Ideas fundamentales, nirvana eterno. Dios lo tomaría como su hogar y allí crearía a los seres etéreos (los Hombres los llaman ángeles o Elfos de la Luz). El primero de ellos fue Lucifer, el padre de la carne. Todos conocen su historia, así que me limitaré a ciertos aspectos de ella. Ser de una pureza absoluta, fue tentado por Caos para comandar sus hordas de Caóticos (el poder absoluto es una tentación absoluta) y, al aceptar dicho ofrecimiento, desencadenó la Guerra del Génesis. Los Caóticos eran partes del cuerpo de Caos que conformaban un ejército inefable, cuyo propósito era evitar toda lógica, todo orden. Fue dirigido por Lucifer contra las fuerzas del Empíreo en la mencionada guerra, que se desarrolló en el Protouniverso. Imaginen todas las estrellas del universo actual; ese número indefinido era el número de las fuerzas de Lucifer. Vasto y terrible, el ejercito inspiraba un temor más allá de toda razón; el miedo a un poder que de establecerse delinearía un universo de locura absoluta.
Las huestes de Dios también eran numerosas, infinitos brillos de su gloría que solo pretendían morir por quién los había traído al plano del existir, infinitos ángeles que solo deseaban la victoria en nombre de su señor. Llenaron la mitad del Protouniverso, enfrentando a sus enemigos con furia y determinación: Dios debía triunfar.
La guerra comenzó y fue hermosa. Un concierto de luces y sonidos que reverberaba en la caja de resonancia del Protouniverso, un amanecer como una orgía de colores, donde el rojo se batía a duelo con el azul y el dorado era un caballo blanco que aplastaba el orgullo de la plata (ninguna de mis metáforas, sin embargo, podrá hacer justicia a esta batalla fundamental).
Finalmente, solo cuatro contendientes quedaron en pie: Lucifer, un serafín llamado Andros, Caos y Dios. Los demás contendientes no habían muerto en realidad. Se habían fusionado en una canica de pura energía que paso a estar en el centro del Protouniverso. Entonces los restantes guerreros continuaron en su lucha, y de esta contienda final, de sus choques y fricciones, salió la fuerza elemental que animó a esa bolita de luz y a todas las células de Dios: el Protouniverso devino en Universo.
En este punto tengo que parar. Los enemigos hicieron un pacto y cada uno de ellos se quedo con una parte del Macrouniverso. A Andros le tocó en suerte el naciente cosmos; Lucifer se hizo con el Infierno y Caos se quedó en su mundo, a cargo de su reino sin orden; y Dios, finalmente, gobernó la existencia desde el cálido Empíreo. Hasta aquí la historia, la verdadera historia del Génesis, que algunos llaman Big-Bang y otros, simplemente, cosmogonía…