martes, 11 de marzo de 2008

Mitologias


I
Antes de la nada estaba el Caos. Era un dios infinito y complejo, perezoso, que gustaba de estar echado sobre un colchón de vientos o lanzando rocas inmateriales hacia los límites de su reino. Este dios no poseía conciencia; solo era, solo existía, y su devenir no tenía un propósito: era más bien un preludio, una espera, una condición para algo más.
En un no-momento (pues no existía el tiempo) el Caos comenzó a disolverse, se mezcló con cierta bruma que salía de una fisura en el espacio-vacío-caos y se transformó en otra cosa: se transformó en Orden, en Cosmos.

IV
Estaban los dioses en el techo del universo, debatiendo sobre algunas creaciones. Tërium, dios del espacio, el que todo lo entiende, decía que había que formar algunas galaxias en el Norte Alto, y dos o tres planetas con vida inteligente en dicho sector. Zërium, dios de la moral y de las regiones donde penan los criminales, aludió a la necesidad de escribir más códigos y normas para las razas existentes; y a la creación de un par de islas temporales para aquellos que cometiesen los crímenes mas horribles, aquellos dignos del odio divino. Fërium, dios del placer y guardián del palacio de incienso, quería crear algunos planetas con atmósferas de narcóticos y vientos embriagantes. Dërium, dios de la guerra y de la sangre, sugirió poner en algunos mundos de paz razas de acero y fuego, seres belicosos que no respetasen la misericordia.
Luego de un muy largo debate, en donde también participaron otros dioses, se decidió crear la Tierra y a todos sus seres.

XII
…Las murallas recibieron con asco
Las oleadas de metal y fuego,
Carne iracunda,
Carne de sombras.
Eótinn gritaba con ardor
Y sus flechas certeras mancillaban
El acero enemigo, que temblaba.
La roca cedía, los gritos se cosechaban,
Los caballos y dragones y las máquinas de muerte
Corrían en un mar de humo, entre llantos.
Y los dioses solo miraban,
Escuchaban,
La sinfonía del dolor,
La canción roja…

(Fragmento de la Eónida, canto V)

XX
En un planeta desierto
El dios Mor sabe que va a morir.
Lo llevaron ahí hadas de miedo,
Para que el mundo de caos
Lo devorase.
Él se sienta y respira.
Cada pensamiento lo acaricia
Y lo acompaña,
Y le da las llaves de la no-existencia.
Esta en paz, abrazado a una espada
Que añora tiempos más rojos.
Su única compañera,
Desde los pecados que cometió.
Mira al cielo, que es gris y débil.
Respira por última vez…

(Saga de Mor, canto final)

2 comentarios:

Horacio De Stefano dijo...

Mi ateismo es en realidad un caldero de historias humanas... dioses y demonios que viven en las manos, en los ojos, que hacen tactos y miradas... eso es. De todas maneras, existe una infinita cantodad de sueños/historias que embellecen la fe de los vivos y proyectan la vida en la fe.
Me gusta tu ventana... gracias por tus comentarios sobre El Desván. un abrazo.
Horacio

Elest dijo...

Fascinante,como siempre fiel a tu estilo,leerte es entrar en distintos mundos ajenos a nosotros o comunes, quien sabe...

Sonidos (hay mucho para escuchar)

Paraiso Perdido

Paraiso Perdido