
Es la Realidad un puente borracho, un juego de Dioses de cristal, mi pasaje hacia mundos imposibles o tuertos, toscos como desiertos, atmósferas prohibidas saturadas de polvo venenoso; o jardines exquisitos donde Platón continúa emborrachándose junto a Eros, Afrodita y al Demiurgo; donde se fuman las nubes y se queman los códigos de antaño, donde los bosques son fiestas verdes (un roble toca el corno y un ciprés deleita con su flauta) y el mar es una sabana suave que tapa Tritones que sueñan con política y muros ridículos. Sé que vi estos mundos pero no por la intervención de algún polvo raro; los vi acá, en este orden de cosas, cuando el Caos se entretiene en mover los átomos y la oscuridad devela formas que no son formas, que son fondos o mejor ventanas puertas, atisbos de realidades mucho más sutiles y sublimes. Porque no estamos solos. Desde siempre Dios estuvo acá jugando a las escondidas(a veces se pone una máscara roja que tiene unos cuernos como torres derruidas) o moviendo piezas en el gran tablero del mundo (léase Universo: planetas galaxias asteroides razas singularidades vacío polvo estelar anillos lunas soles naves cielos auroras guerras). Dios es un gran jugador, y un torpe soñador. Mientras crea se duerme y a veces sus sueños son mundos certeros, palpables, mundos que respiran y que parecen nacer de explosiones cósmicas inexplicables pero que en verdad nacen de sueños efímeros y erráticos. Los habitantes de esos mundos, ignorantes como lo son los seres hechos de ilusión, creen en dioses y en destinos y en oráculos, y por eso queman incienso y van a la guerra y gritan a los cielos cuando están por irse a dormir (ellos cuando sueñan también son dioses) y piden perdón y mueren con un temor que es como un abismo. Pero al final la realidad es que no hay realidad, la verdad: no hay verdad. Porque podemos ser reales o no, pero no importa; podemos ser un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño dentro de un pensamiento dentro de la cabeza de un habitante de un mundo donde las gárgolas van al baño y los Ángeles se ensucian las alas. No importa. Me gusta soñar, pienso que estoy creando un mundo perfecto (¡Qué brillantes las ciudades y los campos y la gente y los cielos y los dioses!) y no necesito ningún polvo raro para olerlo para tocarlo para degustarlo para oírlo para verlo para pensarlo…