
El bosque estaba en paz. Su silencio verde era perfecto, los árboles meditaban sobre el mundo mientras sorbían la atmósfera de jade y las ninfas dormían tiernas siestas, soñando con amantes divinos. Ninguna maldad se escondía entre los tallos firmes y las hojas fragantes, solo Pan. Este dios (de patas peludas y con pezuñas, dos cuernos en la frente, una sonrisa malsana en el rostro barbudo) esperaba pacientemente, bebiendo de un odre de fino cuero. Ananké había decretado, tiempo atrás cuando el mundo recién se animaba a andar, que su triste papel en la existencia consistía en asustar a todo ser racional que osara invadir el bosque. Ante su presencia han huido miles, incluso dioses de altivos rostros. Pero otra misión, otro papel más secreto y más glorioso, recaía sobre los hombros de este dios: todo el paganismo, con sus vastos límites, llameaba en su corazón. Él, en realidad, no lo sabía; pero Zeus, el Olimpo, las Parcas y hasta la mismísima Ananké tenían origen y fundamento en su alma, que era tosca como el vómito de Dionisio.
Pan esperaba, como siempre. Pero algo diferente había en el medio, algo que inquietaba a su nariz y a sus oídos. Quizás era el excesivo silencio del lugar o esas fragancias nuevas que comenzaban a extender sus dedos de éter sobre el aire verde. Algo se acercaba. Pan sonrió, pero su sonrisa no era la de antaño.
No sintió los pasos pero sí la presencia. Y cuando la enfrentó, al saltar desde un árbol ancho y viejo, su sonrisa se escapó como un insecto que huye de la muerte. Primero, porque el ser que estaba delante suyo no se inmutó (todos huían al ver su expresión, su fealdad, sus ojos enfermizos, su boca lasciva); segundo, porque aquel ser era extraño a su mundo. Un rostro de mujer coronaba un brillo inefable, una luz blanquísima con dos alas y una trompeta del material de las estrellas: un serafín en toda su gloria.
-vengo a anunciarte algo, dios Pan-dijo el serafín con una voz híbrida de arpa y de timbal, de relámpago y de trueno.
-¿Quién sos?-preguntó Pan con su voz tosca o de siringa desafinada.
-soy un humilde servidor de Dios, del único, aquel que todo lo ve desde el Empíreo, y vengo a anunciar tu muerte. El señor Jesucristo ha nacido y vos tenés que morir. Una nueva era comienza y nos pertenece.
-pero no es mi tiempo aún, todavía me queda una eternidad para seguir asustando y embriagándome y haciéndole el amor a las ninfas del bosque.
-nada ni nadie tiene la eternidad asegurada, ni siquiera nosotros. Ahora vendrá un tiempo de persecución y de leones hambrientos, pero luego un imperio de acero nos respaldará y, entonces, se alzarán templos aún más grandes que los tuyos, catedrales de roca y cristal que aplastarán los altares de Zeus y de Wottan; y la gente por millares en todo el mundo nos regalará su fe. Incontables guerras e instituciones de hierro irán cincelando nuestro poder y el universo será como nosotros digamos. Pero, luego de varios siglos, nosotros también nos apagaremos, y otros dioses-o Ideas-tomarán nuestro lugar para reinar sobre los hombres. Así está escrito.
Pan se entristeció. Su mirada se tornó humana y hermosa, mezclando tristeza y comprensión. Hay veces que la belleza es poder entender, aunque el entendimiento verse sobre la propia derrota.
-¿Y qué será de nosotros?-Preguntó al serafín maldito, casi en un ruego.
-seguirán existiendo pero en recuerdos, en leyendas, en cuentos, en libros en voces de ancianos. Seguirás asustando pero en bosques oscuros de mito, en mundos de tinta, dentro de un cosmos infranqueable. Allí estarán también los Titanes arrojando montañas y Sigfrido escuchando el dialecto de los pájaros; Medea y su locura, Helios en su carro de oro y Teseo perdiéndose en las entrañas de Asterión; Odín y su hidromiel absoluto y el cuerpo de Osiris navegando por el Nilo. Serás nada pero no olvido.
-¿Debo estar contento?
-simplemente debes estar, donde te corresponde. Algún día te acompañaremos. Ahora, vete. Ya es tarde.
Y entonces el bosque presenció en su pasividad verde cómo unas brumas comenzaron a elevarse en el aire, mezcladas con cenizas y lágrimas. La piel del ser pagano, del dios que era todos los dioses, se unió al aire en un abrazo de muerte, un humo con sabor a nada. Un trueno desgarró el mundo y todo fue llanto o risas: Pan había muerto. La trompeta del serafín cantó la gloria de Dios, del único dios, y luego el ser se elevó hacia el Empíreo (donde antes estaba el Olimpo y Asgard), dejando una estela de luz...