
A las víctimas de trata de personas
Primero desapareció una chica. Nadie dijo nada. Luego, desapareció otra. Nadie nada. Y otra y otra y nada y nada.
Y un buen día desapareció otra más. En principio, otro caso de violencia sexual, de esclavitud, de hijos de puta lucrando con aquello que no está en el comercio. Pero la gente está vez reaccionó. El cansancio y la bronca finalmente lograron movilizar al mundo, lograron despejar la niebla del egocentrismo, las brumas de la abulia.
Y entonces la gente comenzó a buscar, a exigir, a tocar puertas, a incendiar prostíbulos, a escupir a los que por acción u omisión permitían el infierno en la tierra. Nadie dejó de hacerlo, el país se paró y, poco a poco, los resultados se hicieron realidad, y las chicas desaparecidas volvieron a la vida que nunca deberían haber dejado y los hijos de puta vivieron en carne propia la humillación, la vergüenza, y sintieron el olor podrido de sus almas. El mundo, entonces, fue un poco mejor.
¿Utopía?
El Hombre es el único animal capaz de hacerla realidad. Y de vivir con ello…