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lunes, 26 de enero de 2009

Colección de Muertes V


I

Entró a su casa, sin ganas, deseando morir. Suerte que su esposa deseara lo mismo: esa noche preparó una rica cena envenenada para dos.

II

Entró a su casa, sin ganas, deseando morir. Suerte que lo esperase adentro, con una 45, su enemigo de toda la vida.

III

Entró a su casa, sin ganas, deseando morir. Lástima que estuviera condenado a ser eterno.

martes, 16 de septiembre de 2008

Colección de Muertes IV


 

X
La droga lo elevaba, por encima de todo y de todos. Le daba alas de papel, de algodón, de tiernas nubes lisérgicas. Cuando miraba la ciudad desde ese lugar alcanzado, la veía multicolor, las calles como atardeceres de fuego y los edificios como torres de marfil. Se olvidaba del mundo y de sus asperezas, de la gente y de sus crímenes. Las palabras fluían como la sangre de las musas y copulaban entre ellas sobre colchones de risas. El lenguaje, en síntesis, devenía en un juego no-lógico, hasta mágico. Pero un día, la locura lo venció. Quedó atrapado entre muros indestructibles. Su cuerpo era un objeto inerte y su personalidad, un licuado asqueroso. Finalmente, la parca llegó con un sabor de sobredosis, con una jeringa en vez de la guadaña. Quizás la muerte sea el último delirio.  

XI
Al despertar, lo aplastó el peso del día. El sol que entró por la ventana lo acuchilló con millones de cuchillos de oro. Él hubiese preferido morir asfixiado por el licor de la Luna…


XII
El callejón era tan asqueroso que ni los perros lo frecuentaban. Estaba detrás de una cantina de mala muerte, de esas que parecen templos dionisiacos. Allí, en ese purgatorio urbano, Edgar Allan Poe, cansado del delirium tremens, de los demonios de este mundo que nada tiene de poético, y esperando con ansias o resignación el abrazo de su amada ninfa de la muerte, comenzó el descenso que lo llevaría a la eternidad… 
   


sábado, 2 de agosto de 2008

Colección de Muertes III

VII
Ya no sabe si es por sus hijos o por sus padres o por él mismo que lo hace. La cuestión es que se encuentra corriendo, por una calle de caras sin sangre que se apartan a su paso, con un fangote de dinero y un arma entre sus ropas. Recuerda cuando todo empezó, tenía diez años y soñaba con jugar en las inferiores de algún club; recuerda a esos amigos que lo iniciaron en el ritual de la delincuencia; recuerda los oscuros e indignos momentos dentro de un penal; recuerda los golpes del monstruo al que llamamos sociedad. Y mientras tanto, sigue en su carrera. Tal vez ya los perdió. Debería haberse drogado, así tal vez ni el miedo ni los recuerdos lo estarían molestando. Se acabó. Es hora de dejar esto, es hora de tener una vida “normal”. Sino un día tal vez no vuelva. Piensa en sus hijos. Alejandra, Martín. Pero el sabor de esos nombres no fue pleno. Una bala azul, certera y tramposa, lo invita a la oscuridad destinada a todos los Hombres. Su cuerpo cae en medio del empedrado gris. Más tarde los forenses se mofarían de ese pobre diablo, como de todos. Una bolsa negra más…

VIII
Otro día pesado. Más bien, otro día con sabor a Infierno. Y la noche que cae no es un medicamento, no es la solución, no es una cama-Leteo. Es lluvia de amarguras, de pensamientos amargos. Ya no soporta más. Tal vez la muerte sea el olvido, como dicen. Qué bien le vendría un baño de olvido, de no-sensación que refresca. Por eso agarra el arma con fuerza, sin dudar; la última llave, la puerta de plomo. Se irá. Ojalá del otro lado no haya nada que lo espere. Solo, nada. 

IX
El cabo Jiménez corre tras el malhechor. El tipo acababa de afanar una fiambrería. De casualidad Jiménez estaba allí, comprando un poco de mortadela y queso. Luego, iría para su casa, con los suyos. Y entonces, el asalto. Qué trabajo de mierda, se dice. Por qué no entré a estudiar Derecho. Por qué cornos decidí dedicar mi vida a una orgía de miserias (esto no lo piensa en realidad, es pensado por su yo platónico en la desnudez de un mundo superior). Sus pasos lo acercan al delincuente. El arma, como siempre, quiere cumplir su propósito. 
-¡Alto, policía!-grita, como una formalidad.
El delincuente se da vuelta y lo enfrenta y, lamentablemente, es mucho más rápido. El plomo besa sus entrañas, se adueña de su corazón y le desata la vida con dedos grises. Cae y seguramente su viuda lo llorará y tendrá todos los meses la pensión, la magra pensión que costó un cadáver…  

lunes, 14 de julio de 2008

Colección de Muertes II


IV

Hernán López se sintió seguro y avanzó desoyendo las órdenes. Las balas reían en el aire pesado y los metales de la guerra continuaban su orgía despreciable. Las trincheras eran festejos de ratas y los generales se escondían lejos, detrás de sus muros de whisky. Pero Hernán no tenía miedo y corría abrazado a su mejor amigo, un sucio y gastado fusil. Bang. Un inglés besando el fango. Bang, bang. Otro enemigo que cae, despidiéndose de este mundo terrible. Pero ya es hora. Bang. Hernán se desploma junto a su arma. Otra muerte inútil. Las balas continuaron riendo como demonios y sus risas fueron de plomo barato y de sangre malgastada.

V

Los libros son puñales. La ciencia, una bomba atómica. El alma humana, la peor de las armas de destrucción masiva. Fue tarde cuando Dios se percató de ello. Ahora está muerto. Yace enterrado junto a los otros dioses en una gran biblioteca.

VI

Sobre un pájaro de metal Winston lucha por la paz y la justicia. Otros pájaros están junto a él y el cielo es un extraño salón de baile (la música es dodecafónica y es de estruendos y de silbidos). Él es un experto y vuela como un dulce Pegaso y ya ha derribado a varías águilas del Reich. Pero su pericia no es perfecta y la paz y la justicia ya no lo necesitan (requieren algo más contundente, una nube de átomos desordenados, por ejemplo). Sus alas se marchitan y ese cuerpo de metal se confunde ya con el cadáver de Londres.

lunes, 30 de junio de 2008

Colección de Muertes


I
Julián Hernández agarró el vaso y bebió el líquido verde. Al principio se sintió bien al degustarlo, sintió como una brisa marina, como una caricia en un sueño. El vino se abrazó a su lengua y lo elevó, más bien elevó sus sentidos por encima de la percepción terrenal. Se sintió en otro lado, más allá del muro, de todos los muros. Pero luego de unos instantes no, no se sintió bien. Fue como si le cortaran las alas recién adquiridas, como si lo arrastraran a una caída absurda. La oscuridad comenzó a tomar el mundo y un sabor amargo se adueñó de su lengua y de su garganta y de sus sinapsis gustativas. Después se desplomó sobre la cama, vencidos sus músculos: el veneno había triunfado.

II
Tenía que llegar al trabajo en unos momentos. Las exigencias del mundo actual son látigos de hierro. Se subió a su auto y se dejó estar en la calle, que era un manicomio. La ciudad era tan gris, tan humo sofocante donde se asan las individualidades. Él solo pensaba en la rutina, en el trabajo, en los papeles que había que firmar, en los informes que un hijo de puta tenía que aprobar. Odiaba su vida pero no tenía tiempo para tomar conciencia sobre eso. Y estaba pensando en el día que ya lo escamoteaba cuando el rojo fue la única realidad y la boca de metal de un colectivo comenzaba a devorarse de a poco, con gusto, su carcasa de pobre diablo. El pavimento eructaba, una vez más…

III
Mucho tiempo enfrente de la caja boba. Se olvidó de comer. Los programas son una catarata que la inmoviliza. Se olvidó de beber. El brillo hueco del cristal sacándole los pedazos de su voluntad. Se olvidó de pensar. Un caos ordenado y pensado para destruir las almas de los débiles. Se olvidó de vivir.

Sonidos (hay mucho para escuchar)

Paraiso Perdido

Paraiso Perdido