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lunes, 25 de agosto de 2008

Cosmogonía IV


En el principio, Caos bebía toneladas de barriles de alcohol puro. En un momento (en un no-momento pues no existía el tiempo), el licor tomó por asalto su cerebro caótico, sus sinapsis hechas de no-materia, y se durmió. Sus sueños fueron horribles, pesadillas extrañas. Soñó con un supuesto orden, con estrellas y planetas y millones de razas capaces de amar y de odiar y de emborracharse peor que él. Fue una suerte que al despertar encontrara a su No-Universo tan caótico como siempre...

Publicado en: http://quimicamenteimpuro.blogspot.com/

lunes, 11 de agosto de 2008

Cosmogonía III


 Existía en un principio el Caos. Este estado de cosas no permitía el desarrollo de la existencia y solo Dios podía navegar por esta masa caótica de confusión pura. La entidad que habitaba este espacio se llamaba Caos, quien se encargaba de mantener la cohesión entre las partículas caóticas del mencionado “lugar”. En una ocasión (o en ninguna ya que no existía el Tiempo) Dios se cansó de su antagonista y de su reino vesánico. Entonces una lucha se suscitó entre ambos, una lucha que se extendió hasta la eternidad y que sacudió los mismos fundamentos de la existencia. Pero al final, Caos perdió. Fue exiliado a una porción de realidad subalterna junto a su materia, confinado en un lugar pequeño y sucio, una celda vergonzosa, un reino desteñido. Dios se quedó con lo que restaba del espacio, que era infinito, y lo dividió en dos: en una parte creó el Protouniverso y en la otra el Empíreo, la morada de los ángeles. Pero Caos no se dejó vencer por su prisión. Él también dividió su lugar en dos: una parte siguió siendo como su reino y en la otra creó el Infierno, hogar de los demonios. 
Así quedo conformado el Mundo del Amanecer, dividido en cuatro regiones: Caos, Infierno, Protouniverso y Empíreo. La primera de estas regiones era idéntica al primario estado de las cosas, es decir, un mundo sin reglas, gobernado por la azarosa conciencia de su amo, donde todo era y a la vez no era. El Infierno, en cambio, era un espacio de dolor y de miseria. Muchos dicen que era la materialización del odio de Caos hacia Dios. Un lugar oscuro, tétrico, estéril, poblado de ríos de fuego y de lágrimas (Estigia se llamaba el principal), con un cielo de brea y desiertos que en el futuro albergarían las huestes del pecado. El Protouniverso, por su parte, era un mundo donde todo esperaba, un gran preludio, el amanecer perpetuo. Allí las partículas básicas de la existencia, las células de Dios, aguardaban el día en que el soplo divino las hiciera agitarse, las hiciera vivir, desencadenando un universo acabado, el nuestro. Por último, estaba el Empíreo, un espacio de luz pura, de Ideas fundamentales, nirvana eterno. Dios lo tomaría como su hogar y allí crearía a los seres etéreos (los Hombres los llaman ángeles o Elfos de la Luz). El primero de ellos fue Lucifer, el padre de la carne. Todos conocen su historia, así que me limitaré a ciertos aspectos de ella. Ser de una pureza absoluta, fue tentado por Caos para comandar sus hordas de Caóticos (el poder absoluto es una tentación absoluta) y, al aceptar dicho ofrecimiento, desencadenó la Guerra del Génesis. Los Caóticos eran partes del cuerpo de Caos que conformaban un ejército inefable, cuyo propósito era evitar toda lógica, todo orden. Fue dirigido por Lucifer contra las fuerzas del Empíreo en la mencionada guerra, que se desarrolló en el Protouniverso. Imaginen todas las estrellas del universo actual; ese número indefinido era el número de las fuerzas de Lucifer. Vasto y terrible, el ejercito inspiraba un temor más allá de toda razón; el miedo a un poder que de establecerse delinearía un universo de locura absoluta.
Las huestes de Dios también eran numerosas, infinitos brillos de su gloría que solo pretendían morir por quién los había traído al plano del existir, infinitos ángeles que solo deseaban la victoria en nombre de su señor. Llenaron la mitad del Protouniverso, enfrentando a sus enemigos con furia y determinación: Dios debía triunfar. 
La guerra comenzó y fue hermosa. Un concierto de luces y sonidos que reverberaba en la caja de resonancia del Protouniverso, un amanecer como una orgía de colores, donde el rojo se batía a duelo con el azul y el dorado era un caballo blanco que aplastaba el orgullo de la plata (ninguna de mis metáforas, sin embargo, podrá hacer justicia a esta batalla fundamental).
Finalmente, solo cuatro contendientes quedaron en pie: Lucifer, un serafín llamado Andros, Caos y Dios. Los demás contendientes no habían muerto en realidad. Se habían fusionado en una canica de pura energía que paso a estar en el centro del Protouniverso. Entonces los restantes guerreros continuaron en su lucha, y de esta contienda final, de sus choques y fricciones, salió la fuerza elemental que animó a esa bolita de luz y a todas las células de Dios: el Protouniverso devino en Universo. 
En este punto tengo que parar. Los enemigos hicieron un pacto y cada uno de ellos se quedo con una parte del Macrouniverso. A Andros le tocó en suerte el naciente cosmos; Lucifer se hizo con el Infierno y Caos se quedó en su mundo, a cargo de su reino sin orden; y Dios, finalmente, gobernó la existencia desde el cálido Empíreo. Hasta aquí la historia, la verdadera historia del Génesis, que algunos llaman Big-Bang y otros, simplemente, cosmogonía…  

martes, 13 de mayo de 2008

Cosmogonía II


La Idea estaba antes que todo. En un espacio de éter puro y agua fresca, un océano primordial donde todo lo que iba a ser ya era, la Idea se disponía a ordenar los elementos. Es que el ser depende de una conciencia que lo configure como tal. La Idea era esa conciencia, una conciencia clara y precisa, absoluta, puro pensamiento. Un observador mental, un ojo no físico hecho de la materia con que se construyen las almas. Con los dos elementos existentes comenzó a trabajar, con agua y éter. Primero construyó una fortaleza de cristal en el centro del espacio, un sol negro que sería la fuente de poder del universo. De allí, las estrellas y sus hijos de roca fueron paridos por explosiones espectaculares-como finales orgiásticos de poemas sinfónicos, vientos y timbales y órganos chocando con ese silencio en donde todavía se percibe la magia de la batuta-. Millones de estrellas y mundos tomaron su lugar en el espacio ante la atenta mirada de la Idea, que pensaba las leyes que gobernarían ese reino. La gravedad, el caos, la luz, las reacciones de los elementos, las almas y sus prisiones de carne. Porque el universo, para existir, para seguir existiendo, necesitaba más observadores. Por eso la Idea pensó a las razas. Por eso las almas llovieron sobre ciertos mundos aptos para soportar los cuerpos y su compleja biología. Extensiones de su conciencia. En general, en el tercero o en el cuarto planeta de los sistemas estelares, fueron naciendo diversas razas que configuraron, con su pensamiento, dado que eran parte de la Idea, los diversos entes sometidos a su cotidianeidad (que es la observación sobre el devenir; la Idea, en cambio, observa en un eterno presente). Muchos siglos pasaron y así el universo creció, alimentado por las razas, cada vez más inteligentes y seguras de la realidad. La Idea sigue pensando el mundo pero este, en última instancia, es responsabilidad de las almas. Muchas razas, por no comprender que eran parte de algo más grande, se extinguieron; otras, en cambio, alcanzaron la gloria de la Idea e hicieron de su porción del cosmos un paraíso; y unas pocas, como la nuestra, siguen luchando, siguen buscando lo correcto aunque les cuesta entender el propósito que las impulsa. Dichas razas siguen llamando Dios a la Idea.

domingo, 30 de marzo de 2008

Cosmogonía


En un principio, el Caos reinaba sobre todo. La confusión era absoluta: la luz batallaba con la oscuridad; el Infierno era un arpa dulce que tocaba el éter; la luna era el sol; el sol era la luna y las lunas; las estrellas estaban tiradas en la arena; el mar, el océano y los ríos se abrazaban en el cielo y cantaban cacofonías; el rayo y el trueno eran suaves murmullos; los planetas eran rocas de gas suspendidas en el vacío; el fuego helaba y el hielo tosía lenguas bermejas; los pensamientos eran de carne y estaban libres.
Caos se asentaba en un hueco ubicado encima del universo caótico de entonces. A toda hora mandaba a sus duendes, los Caóticos, a desordenar más todo lo que existía. Hasta que un día, desde el sur llego Cosmos y logró desterrar a Caos, enviándolo al vacío más allá del universo: la Nada.
Una larga y agotadora batalla enfrentó a estos dos dioses y a sus respectivos ejércitos: los Caóticos y los Cósmicos; una dura guerra que logró estremecer los cimientos del reino superior del Metacosmos, el universo-dios perpetuo. El rey de este mundo ideal finalmente concedió la victoria a Cosmos y le ordenó que construyese un universo nuevo allí donde había ocurrido la guerra. A Caos lo mandó a la Nada, que está separada del orden por una barrera de antimateria.
Cosmos comenzó a trabajar inmediatamente. Primero separó cielo, infierno y tierra. Después, el agua, el aire y el fuego. Pintó galaxias y despertó planetas. Los dotó de atmósferas y corazones de llama. Creó lunas y soles y escribió las leyes necesarias para evitar que lo caótico volviese. Luego se detuvo en la Tierra y la embelleció; la colmó de frutos, valles, montes, praderas, bosques, faunos, animales, etc.
Cuando todo estuvo perfecto decidió crear una forma de vida que pudiese pensar, que pudiese entender su propósito. Caminando sobre el sol vio a un Cósmico; con solo una mirada lo transformó en un ser de luz pura, un ángel, para que morase con él en el empíreo, una región del cielo que está por debajo del Metacosmos. Del mismo modo obró con todos sus súbditos y formó así legiones de legiones para comandar el incipiente mundo.
Pero desde el vacío se escaparon los Caóticos y se transformaron en entes de noche, en demonios; así tuvo lugar una vez más la guerra que colmó con su violencia el cosmos recién establecido, la guerra que Milton recrea en su Paraíso Perdido; la Titanomaquia de los griegos y el Ragnarok de los nórdicos. Muchos siglos pasaron y al fin Cosmos venció definitivamente. Solo quedaban dos seres: un Caótico y un Cósmico. Entonces el dios del orden, ante una sugerencia de Metacosmos, los separó por la mitad y los mezcló, creando de ello un par de seres nuevos: un hombre y una mujer. Los hizo morar en la Tierra y les ordenó tener una gran descendencia.

Así, amigos míos, nació el género humano…

Sonidos (hay mucho para escuchar)

Paraiso Perdido

Paraiso Perdido