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martes, 3 de marzo de 2009

Mitologías III


III
Los dioses están ahí, en las estrellas. Sus palacios hechos de luz son más hermosos que cualquier cosa. Y desde allí juegan. Juegan con los mortales. Las casas de las razas finitas son los planetas de roca-y algún que otro planeta gaseoso-. Los Eelöi(las razas finitas) viven su existencia tratando de entender el juego de sus amos. Pero nunca podrán entenderlo. Por eso es tan difícil la vida mortal. Por eso las razas inteligentes solo esperan que su existencia sea corta, para así poder emigrar al Más Allá, hacia el último universo, donde el placer es la única realidad. De allí que la guerra sea una constante entre los Eelöi… 

VII
El primer rey humano se llamó Hes, y era hijo de Ann y Her. Su reino se levantó en medio de Pangea, cerca de la tierra de desiertos. Era una zona fértil y de frondosos bosques, atravesada por un río que moría en el mar oriental. Este reino comenzó a crecer y pronto tuvo mil habitantes. Era próspero y pacífico, ya que los humanos todavía no conocían el odio. Un día Hes decidió desposar a la hija del rey de los Elfos (raza semidivina hecha de luz) llamada Hilönna. Todo estuvo bien, por un tiempo. Las dos razas convivieron en paz y juntos fueron descubriendo la tierra que los contenía. Exploraron los mares, las tierras de desiertos, los altos bosques de Gardd y descubrieron nuevas razas para comerciar. Pero en el día 300.000 después de la Creación, Dërium no pudo contenerse más. Quiso ser lo que tenía que ser, quiso cumplir la voluntad de Aquel que Ordena. Y sembró el odio entre las razas. Ese día Hilönna sintió un deseo enfermizo por un Silfo (ser mitad humano mitad elfo) y consumó su crimen en los mismísimos bosques del palacio real. Hes los vio y ordenó que los asesinasen de una manera horrible (el silfo fue arrojado del Monte Lär y a Hilönna la tiraron a los Duendes Hormigas). Ambas razas (elfos y silfos) pidieron explicaciones pero el rey humano no las dio (se veía la lengua de Dërium detrás de todo aquello). Y entonces el día 300.010 comenzó la primera guerra que sacudió los cimientos del planeta Tierra… 

XXX
…y avanzan los árboles
Quieren saber el color de la sangre humana,
Quieren probar el sabor del cerebro del Hombre.
Por primera vez, el metal habla.
Por primera vez, la magia asesina.
Rodean la ciudad los ejércitos de oro de Silfos y Elfos y Enanos y Silvanos y Ninfas y Centauros.
Sostienen su mundo de metal y madera, su ciudad divina, Humanos y Sátiros y Ángeles y Ogros y Faunos y Ejeridës y Príapos y Fiöllos.
Se odian las razas con fuego y acero.
Se odian y Dërium ríe con una carcajada de trueno…

                                                                 (La Hesiada, canto II, edición de Zer, 2009 D.L.C.)


martes, 3 de junio de 2008

Mitologías II


II
El Cosmos era muy extenso pero no infinito. Su piel era como de vidrio, una fina capa que dejaba ver lo que estaba más allá. Otros universos con otras reglas y otros dioses. Incontables, infinitos. Sin embargo, no había comunicación real entre los mundos, así que Cosmos tenía que arreglárselas con la materia y la energía que yacían en su propia esencia. Primero creó una bola de zafiro en el centro de su cuerpo, en su corazón. Esa bola escupió con el tiempo otras bolas que devinieron en estrellas-dioses, y el universo, entonces, fue una entidad cerrada en donde cuatro fuerzas fundamentales (reacciones químicas del cuerpo de Cosmos) mantuvieron la cohesión del orden.


V
Pangea. El primer continente ocupaba la mayor parte de la Tierra. Limitaba al norte con el océano Bor, una extensión de agua que progresivamente se iba helando hasta convertirse en gigantes de hielo que dormían hacia el extremo boreal, donde el Sol no se atreve a llegar. Al sur meditaba otro mar, más amplio, dominado por otro continente más pequeño pero igual de imponente: la Antártida, región gélida y de montañas de fuego, habitada por seres oscuros y complejos, los Morlocks. Lo demás, salvo algunas islas, era reino de los dioses azules del océano, una pradera donde se perdían los primeros intentos del hombre por conocer el planeta.
En el centro de Pangea, había una tierra de desiertos; allí estaba la montaña Otris, que era de cristal y de cedro y de oro y de marfil, donde habitaban los dioses terrestres, los responsables de la salud del planeta.

VI

Dos árboles hermosos en medio de un jardín. Un dios menor meditaba rodeado de los vientos del lugar que le acariciaban las neuronas. En un momento, el dios del destino, Hagenn, tomó los ojos del pensador y los tiró sobre los árboles, que esperaban. Cada ojo se instaló en un tronco, como una mariposa en descanso. Fuerzas increíbles se sucedieron, entonces, como un milagro inexplicable, una tormenta pacífica. Y así, los árboles se transformaron en dos seres, desnudos y hermosos: un hombre y una mujer. Ann y Her, los padres del género humano. El dios menor saludó su ceguera con una sonrisa de vino.


XVI
Y Caos fue desterrado.
El exilio fue ominoso,
Su odio lo mantuvo
Como un ojo despierto.
Cosmos tuvo hijos,
Hijos divinos y demonios
Y seres de cuerpos imperfectos,
Y bestias con sabor a plomo;
Las estrellas y los cuerpos de acero,
Los gases apretados,
Los orgasmos de las supernovas,
Los mares de ceniza y el odio
De las almas,
Atmósferas de plata,
Ríos y mares de oro,
Lugares vedados donde el vino fluye,
Santuarios orgullosos con ofrendas en lágrimas.
Una guerra para los poemas del hombre,
Poemas para las guerras del hombre.
Así sus hijos
Se adueñaron de su cuerpo,
Sus hijos fueron su cuerpo…

(Cosmogonía Vidal, canto I)

martes, 11 de marzo de 2008

Mitologias


I
Antes de la nada estaba el Caos. Era un dios infinito y complejo, perezoso, que gustaba de estar echado sobre un colchón de vientos o lanzando rocas inmateriales hacia los límites de su reino. Este dios no poseía conciencia; solo era, solo existía, y su devenir no tenía un propósito: era más bien un preludio, una espera, una condición para algo más.
En un no-momento (pues no existía el tiempo) el Caos comenzó a disolverse, se mezcló con cierta bruma que salía de una fisura en el espacio-vacío-caos y se transformó en otra cosa: se transformó en Orden, en Cosmos.

IV
Estaban los dioses en el techo del universo, debatiendo sobre algunas creaciones. Tërium, dios del espacio, el que todo lo entiende, decía que había que formar algunas galaxias en el Norte Alto, y dos o tres planetas con vida inteligente en dicho sector. Zërium, dios de la moral y de las regiones donde penan los criminales, aludió a la necesidad de escribir más códigos y normas para las razas existentes; y a la creación de un par de islas temporales para aquellos que cometiesen los crímenes mas horribles, aquellos dignos del odio divino. Fërium, dios del placer y guardián del palacio de incienso, quería crear algunos planetas con atmósferas de narcóticos y vientos embriagantes. Dërium, dios de la guerra y de la sangre, sugirió poner en algunos mundos de paz razas de acero y fuego, seres belicosos que no respetasen la misericordia.
Luego de un muy largo debate, en donde también participaron otros dioses, se decidió crear la Tierra y a todos sus seres.

XII
…Las murallas recibieron con asco
Las oleadas de metal y fuego,
Carne iracunda,
Carne de sombras.
Eótinn gritaba con ardor
Y sus flechas certeras mancillaban
El acero enemigo, que temblaba.
La roca cedía, los gritos se cosechaban,
Los caballos y dragones y las máquinas de muerte
Corrían en un mar de humo, entre llantos.
Y los dioses solo miraban,
Escuchaban,
La sinfonía del dolor,
La canción roja…

(Fragmento de la Eónida, canto V)

XX
En un planeta desierto
El dios Mor sabe que va a morir.
Lo llevaron ahí hadas de miedo,
Para que el mundo de caos
Lo devorase.
Él se sienta y respira.
Cada pensamiento lo acaricia
Y lo acompaña,
Y le da las llaves de la no-existencia.
Esta en paz, abrazado a una espada
Que añora tiempos más rojos.
Su única compañera,
Desde los pecados que cometió.
Mira al cielo, que es gris y débil.
Respira por última vez…

(Saga de Mor, canto final)

Sonidos (hay mucho para escuchar)

Paraiso Perdido

Paraiso Perdido