
Señor Gris: lindo día, ¿No?
Joven Azul: odio las trivialidades. El clima o la configuración del cielo no nos pertenecen. Hablemos de cosas humanas.
SG: bueno, pero el clima es humano. Sin humanidad no existiría el clima, solo fenómenos desnudos de reglas, sueltos.
JA: usted me entiende. Quiero decir, no hablemos del mundo de afuera, hablemos del mundo que se esconde en lo hondo, donde las significaciones son fuertes y únicas.
SG: está bien. Ayer maté a alguien.
JA: bueno, eso está mejor.
SG: nunca había matado a nadie. Siempre imaginé que como hombres nosotros no tenemos derecho a matar. Ese privilegio solo les pertenece a los inferiores. Pero lo hice. Porque sí. Me abracé al cuchillo como a un templo y hundí mi mano en el pecho de esa mujer. No gritó. Supongo que entendió mis razones, aunque no las tuviese.
JA: le digo: primero, el hombre es el único que mata, el único que entiende lo que es quitar una vida. Los animales matan por instinto, es decir, la naturaleza los obliga a matar. El hombre, en cambio, al matar, sabe que está negando al otro y, en ese acto elemental, a su vez, se niega a si mismo. El que mata, se mata, se suicida, niega su condición de ser libre, y lo hace sabiéndolo; segundo, por lo tanto, no creo que usted no tuviera razones para hacerlo.
SG: no le miento. Fue automático. No pensé. Solo fue el cuchillo, mi mano y la Muerte llenando los ojos de esa mujer. Si lo racionalizo supongo que quería probar que me asquea el mundo, que somos nada reproduciendo nada todo el tiempo y que Dios dejó este barco hace mucho tiempo. Ahora voy a matarme. Cuando este tren llegue a la Terminal yo también probaré las sabanas del olvido.
JA: ¿vio? Después de todo, razones tenía. Fuertes razones. Bueno, acá me bajo. Que siga bien, señor, y que del otro lado comprenda que el mundo no es tan malo.
SG: el mundo es lo que es. Somos nosotros los malditos. Yo, por mi parte, no molestaré más. Que siga bien. Nos vemos del otro lado…
Joven Azul: odio las trivialidades. El clima o la configuración del cielo no nos pertenecen. Hablemos de cosas humanas.
SG: bueno, pero el clima es humano. Sin humanidad no existiría el clima, solo fenómenos desnudos de reglas, sueltos.
JA: usted me entiende. Quiero decir, no hablemos del mundo de afuera, hablemos del mundo que se esconde en lo hondo, donde las significaciones son fuertes y únicas.
SG: está bien. Ayer maté a alguien.
JA: bueno, eso está mejor.
SG: nunca había matado a nadie. Siempre imaginé que como hombres nosotros no tenemos derecho a matar. Ese privilegio solo les pertenece a los inferiores. Pero lo hice. Porque sí. Me abracé al cuchillo como a un templo y hundí mi mano en el pecho de esa mujer. No gritó. Supongo que entendió mis razones, aunque no las tuviese.
JA: le digo: primero, el hombre es el único que mata, el único que entiende lo que es quitar una vida. Los animales matan por instinto, es decir, la naturaleza los obliga a matar. El hombre, en cambio, al matar, sabe que está negando al otro y, en ese acto elemental, a su vez, se niega a si mismo. El que mata, se mata, se suicida, niega su condición de ser libre, y lo hace sabiéndolo; segundo, por lo tanto, no creo que usted no tuviera razones para hacerlo.
SG: no le miento. Fue automático. No pensé. Solo fue el cuchillo, mi mano y la Muerte llenando los ojos de esa mujer. Si lo racionalizo supongo que quería probar que me asquea el mundo, que somos nada reproduciendo nada todo el tiempo y que Dios dejó este barco hace mucho tiempo. Ahora voy a matarme. Cuando este tren llegue a la Terminal yo también probaré las sabanas del olvido.
JA: ¿vio? Después de todo, razones tenía. Fuertes razones. Bueno, acá me bajo. Que siga bien, señor, y que del otro lado comprenda que el mundo no es tan malo.
SG: el mundo es lo que es. Somos nosotros los malditos. Yo, por mi parte, no molestaré más. Que siga bien. Nos vemos del otro lado…
